Dr. Arq. Álvaro Ugarte Ubilla. Presidente de PROMCAD-INICAM. Director Ejecutivo del Instituto de Investigación y Capacitación Municipal INICAM (2001-2020). Doctor en Gestión Pública y Gobernabilidad y Maestro en Gestión Pública y en Ciencia Política. Especialista en Descentralización, Gestión Pública, Ordenamiento y Gestión Territorial y experto en el Desarrollo de Capacidades Locales para la Gestión, nos brinda su opinión ante los próximos comicios regionales y municipales 2026. A continuación lo revelamos. El próximo 4 de octubre, más de 26,3 millones de ciudadanos acudirán a votar, probablemente con desazón, desconfianza y, tal vez, con la recóndita esperanza. de que las próximas autoridades atiendan sus necesidades de seguridad pública, movilidad, limpieza, gestión de residuos y servicios básicos.Emitirán su voto preguntándose si su participación gravitará en la nueva gestión. Para algunos, votar no será más que cumplir con una obligación destinada a validar la resignada elección del «menos malo». Tal vez alguien llegue a preguntarse si no sería preferible recurrir al kleroterion, la máquina de sorteo mediante la cual se seleccionaban algunos cargos públicos en la Atenas del siglo V a. C. El primer día hábil de enero del 2027, superadas la agotadora campaña y las celebraciones por el triunfo electoral, las nuevas autoridades deberán enfrentar el legado de la gestión anterior: administraciones desorganizadas, información deficiente, recursos comprometidos, escasez de personal idóneo, contratos cuestionables y obras paralizadas.Además, para cumplir sus promesas electorales tendrán que desenvolverse en el marco de una administración pública disfuncional; con procedimientos excesivamente complejos y una estructura sectorial altamente centralizada, que décadas de reclamos municipalistas no han logrado revertir.En medio de este oscuro panorama, cada elección municipal ¾tercamente¾ restituye la esperanza de elegir autoridades capaces de realizar buenas gestiones y constituye una oportunidad de acercamiento entre ciudadanos y autoridades para consensuar qué hacer frente a sus crónicos problemas. Las experiencias de reconocidos alcaldes demuestran que sí es posible mejorar la calidad de vida mediante un enfoque de desarrollo local que trascienda la ejecución aislada de obras y conciba a la municipalidad como el ente conductor de la transformación social, territorial e institucional. Un referente excepcional es Alfonso Barrantes, cuya búsqueda de inclusión social, mediante políticas orientadas a satisfacer necesidades esenciales y fortalecer la organización comunitaria, lo llevó a crear el Programa del Vaso de Leche y a impulsar la planificación participativa de Huaycán.Una segunda componente es la recuperación de la ciudad como patrimonio colectivo, presente en la obra de Alberto Andrade quien restituyó el valor del Centro Histórico y recuperó el espacio público y el patrimonio limeño; mientras que Daniel Estrada convirtió la identidad quechua y el patrimonio monumental en fundamentos de la modernización del Cusco. Una tercera componente del desarrollo local es la articulación urbano-rural y la reivindicación de territorios históricamente marginados. Federico Salas-Guevara promovió la integración de Huancavelica con sus comunidades y proyectó nacionalmente sus demandas mediante la Cabalgata de los Andes. Luis Guerrero, por medio de las «mesas de concertación», hizo de Cajamarca un espacio de encuentro entre la ciudad y su entorno rural. Una cuarta componente es la concertación como método de gobierno, mediante la cual autoridades, organizaciones sociales, empresas e instituciones acuerdan prioridades y comparten responsabilidades. Este principio alcanzó especial desarrollo en Ilo, donde Julio Díaz Palacios y Ernesto Herrera dieron continuidad a un modelo basado en el planeamiento concertado, la participación ciudadana y la sostenibilidad ambiental, que aún pervive. Como ejemplo pragmático de provisión de infraestructura y servicios públicos con efectos directos sobre la vida cotidiana, se puede destacar el transporte metropolitano, las escaleras de acceso en los cerros y los Hospitales de la Solidaridad desarrollados durante las gestiones de Luis Castañeda. Con decenas de buenas prácticas aún en el tintero, estas experiencias configuran un enfoque de desarrollo local municipal sustentado en la inclusión, la identidad, la integración territorial, la infraestructura, la participación, la concertación y la continuidad. Demuestran que una buena gestión no consiste solamente en administrar recursos y ejecutar obras, sino en concertar una visión compartida de ciudad, movilizar a la sociedad y convertir al gobierno municipal en articulador de un proyecto colectivo perdurable. La comprensible desconfianza ciudadana no debería traducirse en resignación. Las buenas prácticas demuestran que también es posible un buen gobierno municipal en el Perú. El principal desafío de las elecciones del 2026, recae, por tanto, también en los ciudadanos: deberán saber reconocer y elegir autoridades capaces de convertir esta posibilidad excepcional en una práctica institucional duradera y, después de votar, continuar participando, no solo mediante el pago de tributos, sino también con sus propuestas, aportes y la fiscalización de la gestión.
Director Periodístico:
EDGARD NAOLA ORDOÑEZ